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domingo, 26 de junio de 2011

Caminando por la península de Ternia

No sé si habréis tenido alguna vez la oportunidad de conocer la página http://www.cuernavilla.com/. No, no es una web de expertos en El Señor de los Anillos, por mucho que el nombre de la fortaleza rohirrim pueda haceros pensar; aunque si Tolkien levantase la cabeza, probablemente se haría adicto a ella. No sólo son importadores y vendedores de merchandising de películas, series y libros (como El Señor de los Anillos -libro y películas-, en cuyas páginas aparece, junto al Abismo de Helm, la fortaleza que le da nombre; o como otras muchas, desde Canción de Hielo y Fuego -libros y serie- hasta Piratas del Caribe, pasando por Star Wars, Harry Potter -libros y pelis-, Indiana Jones, Terminator, V de Vendetta, Kill Bill, Crepúsculo, y un larguísimo etcétera), sino que también son unos auténticos maestros en esto de la creación de merchandising.

Bien, pues han sido ellos los que me han regalado estas imágenes (una de las mejores sorpresas de los últimos tiempos, por cierto). Aún no he tenido el gusto de verlo en persona, pero sólo con verlo ya promete ser una auténtica obra de arte. Es ni más ni menos que el mapa de la península de Ternia, al sur del continente de Ridia, donde se desarrolla la acción de mi primera novela, La Elegida de la Muerte (Öiyya):









Los que tengáis a mano un ejemplar de La Elegida de la Muerte (Öiyya) podréis comprobar, si es que no lo habéis hecho todavía, que el segundo mapa que aparece en la edición está defectuoso. En su día colgué el mapa con todas sus letras en mi página web (ahí sigue a disposición de quienes quieran verlo o descargarlo, por supuesto); sin embargo, ésa es una solución "de andar por casa", por decirlo así. Esto, por el contrario, es pura delicatessen =)

Edición post-mortem: antes de que haya sangre, aclararé que el mapa está confeccionado de forma totalmente artesanal, que he sido testigo del proceso (no de éste, que fue una sorpresa, pero sí del siguiente que está haciendo la misma persona basado también en mis novelas) y está realizado a mano, paso por paso, árbol a árbol, montaña a montaña. Si algo tiene Cuernavilla, de todos modos, es que es imposible dudar de la calidad de sus productos ;)

jueves, 23 de junio de 2011

Tercer día desde Elleri...

Hacía tiempo que algunos, en otros foros e incluso en un "brindis al viento" que no estaba destinado a mis ojos, propusieron que se publicase el primer capítulo de La Elegida de la Muerte (Öiyya) y que de ese modo estuviera disponible para los que aún no tenían muy claro si la novela les iba a gustar o no. Yo siempre respondía que ese primer capítulo está publicado en varias webs de librerías (El Corte Inglés, la Casa del Libro, la FNAC, entre ellas) desde hace ya un año, que es cuando salió a la venta; sin embargo, y puesto que en su día prometí que lo publicaría, aquí lo tenéis.



El mundo era gris.

Bajo sus pies la tierra seca crujía al ritmo desacompasado de sus pasos. El sonido se clavaba en sus oídos en el silencio absoluto que cubría la llanura; un silencio que empapaba el mundo como el agua, como la sangre.

Gris era la tierra, gris el cielo. Grises las nubes que volaban a toda prisa encima de su cabeza. Parecían querer huir de la llanura, pasar lo más rápidamente posible sobre ella. Ni siquiera las nubes debían de estar seguras de querer ver aquello.
Grises eran las montañas que se recortaban contra el horizonte, de un gris tan oscuro que casi parecía negro. Sus picos se erguían, amenazadores, dominando la llanura y cubriéndola de sombras, que se alargaban raudas conforme el pálido sol se escondía tras la cordillera. «Se está haciendo de noche.» Quizá el sol se había apiadado de ellos y había preferido dar paso a la oscuridad, a las sombras que cubrían los llanos como una mortaja. O él tampoco podía soportar ver la escena, como las nubes, y ocultaba su rostro para que nadie pudiera verlo llorar.

A su alrededor, el mundo estaba cubierto de cadáveres grises.

Los fuegos casi extintos que ardían aquí y allá, diseminados por toda la llanura, podrían ser los mismos que habían ardido tres días antes, la noche de Elleri, cuando los que ahora yacían entre el polvo habían bailado alegremente alrededor de las hogueras, cantando, bebiendo hasta hartarse y perdiéndose entre los arbustos ralos y la oscuridad en compañía de alguna de las muchas mujeres que seguían al ejército como un enjambre. ¿Cuántas de ellas habrían conseguido convertirse en elleri´ia?, ¿cuántas habrían creído asegurarse un año de prosperidad y de seguridad junto a un esposo? Temporal, sí, pero un esposo, algo que para una prostituta era inalcanzable... ¿Y cuántos de aquellos cuerpos grises habían jurado amor y fidelidad por un año, sólo por un año, a una mujer, la noche de Elleri?

Pero las hogueras de Elleri, que festejaban la abundancia de la próxima cosecha, no se parecían en nada a aquellos fuegos casi apagados, humeantes, que no ofrecían ni luz, ni calor, ni consuelo, ni color. También los rescoldos eran grises, ocultas las escasas ascuas por las cenizas que asimismo revoloteaban por el aire, amortiguando la ya de por sí fría y mortecina luz del sol. A su lado, un estandarte arrugado y manchado ardía débilmente, revoloteando, grisáceo, bajo la brisa vespertina.

—Ya ni siquiera se distinguen los colores —murmuró Issi, ausente. «Y qué importa, a estas alturas.» Si es que había importado en algún momento. Svondenos o thaledii, daba lo mismo; todos eran ahora muertos grises, todos iban a servir en pocas horas de alimento a los carroñeros, a los buitres, a los cuervos y a los otros, los de dos patas, que se arracimaban también sobre los ejércitos igual que las prostitutas pero que, a diferencia de éstas, sólo hacían su trabajo cuando los soldados habían muerto o estaban a punto de morir.

Las lanzas erizaban el horizonte como espinas clavadas en la carne del mundo. Lo que horas antes había sido un bosque de árboles erguidos, verticales, desafiantes, ahora llenaba la llanura desordenadamente; las conteras hundidas en la tierra, los mástiles haciendo ángulos extraños, sin manos que sujetasen las lanzas, partidas algunas, llenas de sangre otras, aquí y allá los restos de una banderola ondeando desmayada, cenicienta. «Sin un blasón que se pueda reconocer.» Aunque no hubiera nadie vivo para reconocerlo. Grises, los estandartes de Thaledia y de Svonda. Ambos idénticos tras la matanza, sin rastro de los brillantes colores que horas atrás habían mostrado orgullosos ante el enemigo.

Una neblina pegajosa se enroscaba alrededor de sus tobillos, cual si quisiera impedirle avanzar mientras caminaba entre las lanzas y los muertos. Issi esquivó una espada profundamente clavada en la tierra; del pomo aún se agarraba la mano de un hombre arrodillado en el polvo grisáceo con la cabeza hundida hacia delante. Con toda probabilidad había muerto al intentar levantarse apoyándose en la espada. «Porque en estos tiempos una espada es el único apoyo que un hombre puede encontrar, lo único en lo que un hombre puede confiar. O una mujer.» Sonrió, irónica, llevando la mano descuidadamente a la empuñadura de su propia arma mientras se agachaba para estudiar el rostro ceniciento del cadáver. A los pies del muerto, asomando bajo la rodilla que aún tenía clavada en tierra, un estandarte desgarrado hacía débiles intentos por liberarse del peso del cuerpo, ansioso por dejarse llevar por el viento que barría los llanos. Entre las manchas de polvo gris todavía se adivinaba el azul y plata de la tela original. «El único color que hay en todo este maldito cementerio.» El único, excepto el color de la sangre.

—Y si no hubiera sido por este imbécil, mi sangre también estaría ahora manchando el suelo, mezclándose con la suya. Qué asco —murmuró Issi, propinando una patada al cadáver, que tembló y cayó lentamente hasta yacer de lado sobre el polvo, arrastrando consigo la espada que tenía sujeta con fuerza entre los dedos rígidos—. Supongo que debería darle las gracias —añadió, y, dejándose llevar por una furia repentina, le dio otra patada. El muerto no protestó.

«Porque sabes que te lo mereces, jodido idiota —pensó Issi, rabiosa—. Si Dagna no le hubiera escuchado, si no hubiera creído, él también, que mi precio era demasiado elevado para ser una mujer...»

¿Qué habría ocurrido? ¿Habría cambiado algo? Sí, se dijo levantando la mirada hacia el horizonte. Habría un cadáver más tendido en el suelo. Porque si no había sobrevivido nadie, no podía esperar haber sido precisamente ella la única excepción. Aunque creer que no había sobrevivido nadie era tan absurdo como creer que Thaledia y Svonda iban a firmar la paz al día siguiente. Siempre había alguno. Oculto, huido, deshonrado, condenado a muerte, pero vivo.

«Un precio demasiado elevado...» Issi contuvo una risa histérica. Si el silencio que cubría los llanos era aterrador, más temible le parecía perturbarlo. «Deja descansar a los muertos, y los muertos no te molestarán a ti.» El único momento del año en el que las gentes se permitían ignorarlo era en la noche de Yeöi, la Noche de los Muertos. «Pero aún falta mucho para Yeöi...» Repentinamente amedrentada, se alejó del cadáver desplomado junto a su espada y siguió andando, intentando contener el impulso de taparse la nariz para ahuyentar el hedor a sangre, a muerte y a descomposición.

Un poco más allá yacía un caballo desmoronado sobre su jinete, las patas torcidas como las de una marioneta sin hilos. Sus entrañas desparramadas se mezclaban con la tierra y con la sangre del hombre atrapado bajo su enorme cuerpo. Los belfos del equino estaban retraídos en una horrenda mueca que dejaba a la vista sus grandes dientes, una mueca muy similar a la del jinete muerto, cuyos ojos, muy abiertos, estaban fijos en el cielo. La horrenda imagen no era muy distinta de la que podía ver en cualquier lugar donde posase la mirada. Cuerpos en todas las posturas imaginables, y la sangre empapando la tierra y la hierba rala, brotando, densa, de las mismas entrañas del mundo, cubriendo lentamente las huellas que Issi dejaba en el polvo...

«Contrólate, idiota —se dijo a sí misma, perturbada—. Has visto cosas parecidas muchas veces...» Pero no era cierto. Había visto muertos, sí, muchos: torturados, despedazados, desollados, abiertos en canal, decapitados. Había matado a muchos de ellos. Pero nunca había visto tanta muerte en el mismo lugar.

Ni por el triple de lo que Dagna le había ofrecido en un principio habría deseado librar aquella batalla. «Reconócelo: casi le debes un favor a ese cretino de Nix.» Y se lo habría pagado, si no fuera porque el muy imbécil ya estaba muerto.
Suspiró, deteniéndose en mitad de la desoladora estampa. Por un momento se arrepintió de no haber seguido el impulso que, tres noches antes, la había hecho montar en su yegua y alejarse de aquellos idiotas hasta que dejó de oír sus risas y cantos, hasta que dejó de ver el resplandor de las hogueras de Elleri. La curiosidad, maldita curiosidad... ¿Qué la había impelido a regresar hasta donde el ejército libraba la batalla que todos aquellos estúpidos anhelaban desde hacía meses? ¿El deseo de participar en ella?

—Yo no trabajo gratis —murmuró, elevando la mirada al cielo, que se oscurecía veloz. Y, gracias a Nix, Dagna había rectificado el precio que habían convenido días antes. «Una mujer no puede cobrar más de diez cobres. ¡Si probablemente se dejará matar en la primera carga!» Y Dagna le había rebajado el precio de doscientos oros svondenos a diez cobres. «Diez cobres.» ¿Cuánto creían que le costaba sólo dar de comer a Lena? Por no hablar de darse de comer a sí misma... Bufó, enojada, y contuvo la súbita necesidad de regresar junto al cadáver de Nix y propinarle un par de patadas más.

Sobre su cabeza el cielo se había transformado en un lago negro como la tinta. Las nubes ocultaban las estrellas, que aparecían y desaparecían como velas agitadas por la brisa. Ni siquiera el viento producía sonido alguno.

Issi no podía permitirse el lujo de arriesgar la vida por diez cobres, pese a que necesitaba el dinero. Si un ejército la contrataba por esa miseria, el siguiente no pagaría mucho más, quizá incluso ofrecería menos por su espada, sus brazos y su yegua. Pero hacía ya meses que Lena y ella vagaban de pueblo en pueblo, buscando infructuosamente un encargo que les permitiese, siquiera por una noche, dejar de dormir al raso, comer algo caliente, sabroso, que no hubiera tenido que matar ella misma. Lena se moría por un poco de grano: ella, por una sopa, un guiso especiado, algo que no fuese conejo o ciervo asado sin sal ni condimento alguno. A veces soñaba con los pastelitos de miel de la vieja Anyeta. Sólo un bocado, sólo uno... La miel derramándose por la barbilla, y Anyeta refunfuñando y augurando una buena paliza para la niña que se había manchado de hojaldre y miel el vestido de la Fiesta de los Brotes.

Un gemido la sacó de su ensimismamiento. Dio rápidamente la vuelta desenvainando a medias la espada. No llegó a sacarla del todo de la vaina colgada de su espalda. A pocos pasos, un cuerpo rebulló y volvió a quedarse inmóvil.

—Cállate —le espetó con brusquedad, enojada consigo misma y con el moribundo—. Ya te queda poco, así que relájate y disfruta, chico.

Era sólo un muchacho; no tendría más allá de catorce o quince años, y su rostro imberbe aún no había perdido las líneas suaves de la niñez. Por su aspecto daba la impresión de ser un escudero, el paje de alguno de los numerosos caballeros que habían aportado hombres al ejército del rey. Se agarraba con fuerza a una espada mellada. No parecía tener ninguna herida: simplemente estaba allí tumbado, como si una pesadilla hubiera perturbado su por lo demás plácido sueño. Issi se acercó, curiosa. No estaba herido, pero el tono de la piel, las arrugas alrededor de los ojos y los labios decían a las claras que estaba a punto de morir. «Los cuervos se pelean ya por sus ojos», como solía decir Anyeta para referirse a los que tenían un pie más allá de la frontera de la muerte.

El muchacho suspiró y se quedó inmóvil.

—¿Lo ves? —murmuró Issi agachándose a su lado. No había daño alguno en la parte visible de su cuerpo, ni en su armadura de cuero, de piezas desparejadas, muy grandes algunas, demasiado pequeñas otras. El casquete de cuero se le había resbalado de la cabeza y había rodado unos palmos sobre la tierra manchada de sangre—. ¿A que no te ha dolido nada? —preguntó, y, cuando el chico no contestó, se encogió de hombros. No sabía si morirse dolía o no porque, afortunadamente, no se había muerto nunca. Pero tenía la vaga sensación de que aquello podía consolar a los que se enfrentaban cara a cara a la muerte. Algo por lo que esperaba no tener que pasar en un futuro cercano.

«Éste ya no necesita mucho consuelo, Issi.» Se incorporó y miró a su alrededor sin mucho interés. No había duda alguna de cómo había muerto el resto de los cadáveres: en todos se veían heridas, amputaciones, la causa de la muerte clara como la misma muerte. Pero no en aquel muchacho. «¿Qué demonios lo habrá matado? ¿El miedo?» A unos pasos de los despojos del joven había otro cuerpo. Parecía mirarlo, con una mano extendida hacia él, como si su último aliento lo hubiera empleado en pedirle ayuda, o en maldecirlo.

Si el cadáver del chico le había llamado la atención, éste la dejó boquiabierta.
Era el cuerpo de una niña. Pequeña, de nueve o diez años; se cubría con un delicado vestidito azul, manchado de polvo y sangre, y alrededor de su rostro se arremolinaba una larga melena lisa de un brillante color negro azulado.

Desconcertada, Issi se aproximó a ella y se inclinó para mirarla más de cerca.

—¿Qué hace una puta niña en un campo de batalla? —exclamó, desagradablemente sorprendida. Los llanos de Khuvakha estaban muy alejados de cualquier población: no había una sola granja desde los pies de las Lambhuari hasta Cidelor. No había habitantes en muchas leguas a la redonda. Aquella chiquilla no podía haberse escapado de casa para unirse al ejército, como había deseado hacer ella misma tantos años atrás. Con ese vestido y ese pelo la habrían descubierto y devuelto a casa en una hora como máximo. Probablemente menos sana y menos virgen de lo que había salido de ella, pero al menos la habrían devuelto a su familia; desde luego no se la habrían llevado con ellos a la guerra. Como mucho, la habrían matado después de divertirse con ella y su cuerpo habría acabado abandonado a pocos pasos de su casa.
Issi volvió a encogerse de hombros. A lo mejor era la hija de alguno de los soldados, y el muy gilipollas no había sido capaz de separarse de ella y la había guiado de la mano hasta la muerte. O, más probablemente, era el capricho de uno de aquellos idiotas que regaban el llano con su sangre y sus vísceras. Quizá era una de las seguidoras del ejército: a esa edad una niña ya podía ejercer la prostitución, si la aceptaban o la obligaban. Los escrúpulos de las profesionales del amor eran casi tan inexistentes como los de muchos de los hombres que se jugaban la vida en las guerras. Y era una niña bonita, pensó Issi mientras escrutaba su rostro con detenimiento. Tal vez había conseguido que aquel muchacho de rostro suave que yacía a un paso de ella la convirtiera en su elleri´ia, los dos juntitos delante de una hoguera, durante la Noche de la Abundancia.

La niña abrió los párpados de pronto, y ella dio un brinco, sobresaltada. «Idiota, idiota —se dijo, sin poder apartar sus propios ojos de los enormes lagos plateados de la cría aquella—. ¿Desde cuándo confundes a una niña viva con una muerta...?»
Tampoco debía de faltarle mucho para morir. La niña jadeó, abrió la boca y se agitó, torciendo la cara en una mueca de dolor. Tenía una horrible herida abierta en el estómago de la que ya ni siquiera brotaba sangre. Debía de estar toda en su vestido y en la tierra sobre la que temblaba. Issi volvió a inclinarse sobre ella. Sin saber por qué, pensó que no era conveniente intentar consolar a aquella chiquilla del mismo modo que al joven que había muerto minutos antes frente a sus ojos.

—Vale —dijo al cabo de un momento. La niña seguía mirándola insistente, implorante—. De acuerdo... Mira, no pasa nada, ¿eh? Es como... como dormirse, ¿no? O eso creo —añadió para sí, insegura—. Tú sólo... No, no hagas eso... —intentó apartarse de ella cuando la niña alargó una mano temblorosa para tocarla. La manita helada se posó sobre la suya—. Maldita sea —musitó, sintiendo un extraño rechazo por el roce de la piel cubierta de sangre y de sudor—. Oye, no sé si...

Calló cuando la niña hizo un brusco movimiento con la cabeza. Abrió la boca y dijo algo, pero en voz tan baja que Issi fue incapaz de distinguir las palabras. Renuente, Issi se acercó un poco más.

—¿Qué? —preguntó. La niña no volvió a hablar. Levantó despacio la mano y, sin dejar de mirarla fijamente, posó un dedo sobre la frente de Issi. Su piel estaba tan helada que abrasaba. Issi trató de alejarse de su contacto, pero el dedo de la niña parecía pegado a su frente, estar soldándose, piel con piel, al rojo vivo, en ese momento. Quiso protestar, arrancarse su dedo de la piel, arrancarla a ella de la faz del mundo a golpes. La niña seguía clavando la mirada en la suya. Y entonces habló.

—Öi —dijo.

Y a su alrededor, la llanura, las montañas, el cielo y la tierra, los muertos, todo se desvaneció hasta que en el mundo sólo quedaron los ojos de aquella niña. Los iris dorados tiraron de ella y la absorbieron, implacables; las pupilas se hicieron más y más grandes, hasta que su negrura cubrió la tierra como un manto frío y sin estrellas. A Issi le dio la sensación de haber cerrado los ojos, de haberse quedado ciega de repente. Luchó por abrir los párpados que no recordaba haber cerrado. La oscuridad era inhóspita, aterradora, una nada en la que Issi flotaba, incorpórea, en la que lo único que existía era la horrible quemazón en la frente. Al fin, abrió los ojos.

Y todo el Universo estalló en su mente.

Girando de forma vertiginosa en un collage sin sentido, todos los paisajes, todas las ciudades, todos los lugares que había visto en su vida y muchos otros que jamás había llegado a imaginar se arremolinaron en su cabeza. Colores imposibles, luces indescriptibles, imágenes tan bellas que cortaban el aliento y tan espeluznantes que harían morir de miedo o asco al caballero más templado, y todas ellas brillando a uno y otro lado de un sendero tan luminoso que era incapaz de verlo, tan amplio que en su superficie no le habría cabido ni un pie, tan largo que su final estaba allí mismo, a la vista, indeciblemente alejado, a sus mismos pies.
Issi abrió la boca para gritar, pero de su garganta congelada no surgió sonido alguno.

Echó la cabeza hacia atrás. Una oleada de calor, de luz, recorrió todo su cuerpo. Su mente era incapaz de contener todo un mundo, todo un universo. Era demasiado, era imposible, era abrumador... Gimió, impotente, y cayó en un pozo oscuro, sin fondo, y el mundo dejó de girar a su alrededor.

Se desmayó.

domingo, 19 de junio de 2011

Fantasía = Caca

Hace poco menos de un año una persona muy cercana a mí, tanto que es una de las escasísimas personas en este mundo que SÉ a ciencia cierta que me quiere de una forma absoluta y fervorosamente incondicional (es mi madre, ¿vale? xD) me dijo, mientras cerraba mi libro por la última página: “¡Oye, Nini, qué bien escribes! —Nótese el tono de sorpresa de aquélla a quien, al contrario de lo que se pudiera pensar, el orgullo materno impidió atreverse siquiera a imaginar que su niñita pudiera haberse convertido en escritora así, sin avisar—. Me ha gustado muchísimo, escribes fenomenal, pero… ¿Cuándo vas a escribir literatura de verdad?”

Sí, bien, es un tema que no es ninguna novedad. Se ha tratado en infinidad de ocasiones, con mayor o menor acierto. Se ha hablado de él en foros de todo tipo: de literatura fantástica, de cine/tele fantástico, de literatura general, de fútbol, de porno, de política e incluso de historia del período prehelénico. Y es curioso, porque siempre que se trata el tema parece haber dos bandos: los que insisten en que Fantasía = Caca, y luego los que se estrellan contra la pared de ese axioma una y otra vez, con argumentos más o menos acertados, tratando de hacer ver al “otro bando” que eso no es cierto ni muchísimo menos y topando a cada momento con la cerrazón de quienes desechan esos argumentos al grito más o menos sardónico de “tú qué sabrás, si te gusta la fantasía, que es caca”.

¿Me he posicionado con demasiada claridad? Seh, bueno, soy lectora de fantasía desde hace veinticinco años y escritora de fantasía desde hace unos seis, así que supongo que era de esperar. Sin embargo, voy a poner una pequeña muestra (en la que no he participado ni tan siquiera para poner un comentario, de modo que no está “contaminada” por mi zarpaza) para que veáis a qué me refiero. En este caso se trata de una (por llamarla de alguna manera) crítica a la serie de HBO “Juego de Tronos”, basada, como todos sabéis, en mi idolatrada “Canción de Hielo y Fuego” de mi no menos idolatrado George R. R. Martin.

El hecho de que el debate gire en torno precisamente a Canción es meramente circunstancial. Ese mismo debate, con exactamente los mismos argumentos por una y otra parte, lo he visto en cientos y cientos de sitios, ahora de Internet, antaño en la calle, en el cole o la universidad, en mi casa o en la casa del vecino, en el parque o en las cartas de la SuperPop. Y supongo que antes de que yo supiera leer ya habría gente tirándose los trastos a la cabeza por un quítame aquí esta fantasía = caca, no me toques las palmas que me conozco.

Para empezar, el ser humano tiene la puñetera mala costumbre de prejuzgar. No me preguntéis por qué, pero se nos da de lujo eso de desechar cosas simplemente porque nos da por ahí, e intentar hacerlo, encima, sin que se note que lo hacemos desde el más absoluto desconocimiento. Todos lo hemos hecho alguna vez: desde negarnos a probar una comida por pura cabezonería alegando que “no nos gusta”, hasta denigrar (por ejemplo) a los gatitos porque alguien una vez nos dijo que eran seres ariscos e independientes y nunca nos hemos parado a comprobar si es cierto. Si alguno de vosotros tiene gato, convendrá conmigo en que lo de “ariscos, independientes, malignos y convenidos bichejos” es una soplapollez de la altura de una sequoya y el grosor de un baobab. Pues exactamente lo mismo ocurre con nuestros gustos en otro tipo de materias.

Yo puedo entender perfectamente que a alguien no le guste la fantasía, del mismo modo que a mí no me gustan las películas de terror/gore/miedopsicológico y a un alérgico los gatos le dan eso mismo. Sin embargo, no puedo entender este eterno debate (por llamarlo de alguna manera) que, puesto que llevo eones viviéndolo y encima me toca bastante de cerca, me da bastante más por saco que otras discusiones que, por otra parte, al menos tienen entre sus dos bandos a gente que utiliza argumentos válidos. Ciertos o no, confundidos o no, asumibles o no, pero válidos. Los argumentos utilizados para atacar a la fantasía y, por ende, a los lectores de fantasía (y a sus creadores, supongo, entre los que me cuento) no me parecen válidos en absoluto.

Ahora es cuando alguno de los que no gusten precisamente del género me dirá: “Joder, qué vas a decir tú, si estás en el otro bando”. Bien, vamos a analizar un poquitito de qué va la vaina antes de decidir si mi afirmación al decir que los argumentos empleados por los “anti-fantásticos” no son legítimos es puramente subjetiva.

He oído y leído argumentos de todo pelaje y condición, pero los que más se repiten son, curiosamente, los siguientes: la fantasía es un género para niños o personas inmaduras, la fantasía es mala literatura per se, los que leen fantasía rayan el analfabetismo funcional y se convierten en fanáticos intransigentes, sociópatas y psicópatas en potencia (claro ejemplo es el de los jugadores de rol), no son capaces de salir de su infancia y enfrentarse al mundo real, la fantasía es una válvula de escape para aquéllos que, con su complejo de Peter Pan a cuestas, viven en su burbuja porque no son lo suficientemente maduros para salir de detrás de esa armadura e introducirse en el mundo adulto.

Yeeeeeaaaaaah. Y no se os olviden los planes para Dominar el Mundo. Cualquier friki que se precie quiere Dominar el Mundo. Va en nuestra naturaleza sociópata-psicopática de entes inmaduros, incultos, fanáticos y abducidos por la lobotomía literaria de un género que sólo logra destruir las conexiones que unen nuestros lóbulos cerebrales. Seh.

En serio, ¿son argumentos válidos? Quizá alguno de los que estáis leyendo esta entrada piense que sí. Que la fantasía es un género menor, no apto para personas normales de más de dieciséis años, cuya escasa calidad es tan evidente que duele en los ojos. Una vez más, puedo intentar ofreceros los argumentos que muchos de los amantes de la fantasía han empleado, y seguirán empleando por los siglos de los siglos. Una vez más, si no estáis dispuestos a darme siquiera el beneficio de la duda me estrellaré contra la pared del “caca”. En vuestras manos está, abrir la mente para decidir si dicha infraliteratura puede merecer una oportunidad o no.

Creo, para empezar, que el error está en la base. Y la base no es otra que considerar la fantasía (como género literario, cinematográfico, de comic, juego, etc) como un todo. Es como la clasificación de “Narrativa general”: ¿Qué entra dentro de esa narrativa general? Por su nombre, todo. O, por el contrario, todo lo que no sea específico, es decir, nada xD xD (salvo quizá algún que otro manual de literatura que incluya absolutamente todos los géneros, absolutamente todos los autores, absolutamente toda la historia de la literatura universal. Creo que no existe). Y, sin embargo, mucha gente se reconoce amante de la “narrativa actual”. Pues si narrativa actual es todo lo que se está escribiendo en esta época… ¿Te gusta todo? ¿Todo, todo, todo? ¿Entonces por qué me dices “No, no me gusta la fantasía, yo es que leo narrativa actual”? Pues si la fantasía entra dentro de esa clasificación… la que se está escribiendo en esta época, al menos.

Ya lo he dicho en alguna que otra ocasión, pero no está de más repetirlo por si alguno todavía no se ha dado cuenta. La fantasía NO es un género. La fantasía es un elemento. Un recurso. Del mismo modo que un escritor puede emplear el romance, el sexo, la violencia, la investigación (realizada por sus personajes), la muerte, la perversión, la corrupción policial, yo qué sé, el drama de la soledad del individuo, puede emplear recursos fantásticos. Y eso no hará que su libro vaya única y exclusivamente de fantasía, del mismo modo que el hecho de que un autor plasme una escena de violencia no hará que su libro vaya única y exclusivamente de violencia. La fantasía, como cualquier otro recurso, se emplea para aderezar la obra, como el romance o la muerte o un escenario histórico. Y los aderezos, como todo, se usan a gusto del que cocina.

¿Qué significa esto? Pues que, como en toooooda la literatura, hay tantos géneros como autores, no uno solo. La fantasía es un elemento, no un todo. Uno, como autor, puede elegir hacer con ella lo que quiera (del mismo modo que un autor puede emplear el romance para escribir una novela empalagosa con una relación como tema central y poco más a su alrededor, o una novela de aventuras en la que el romance sea un capítulo más, o una novela en la que el romance sirva de clave para narrar una historia de asesinatos crueles y viles y la correspondiente investigación policial). Hace dos añitos, el mismo George R. R. Martin al que hacía referencia al inicio nos contó una anécdota en Gijón que creo que resume bastante bien a qué me refiero. Decía que un día unos amigos y él habían pedido una pizza, y que entre los ingredientes la pizza llevaba unas pocas anchoas. Fue la primera vez en su vida que probó las anchoas, y le gustaron tantísimo que, semanas después, un día que estaba solo, decidió pedir otra pizza, exclusivamente de anchoas. Y le resultó incomible. La fantasía, ese recurso, ese elemento, era para él como las anchoas: un poquito le daba a la pizza un sabor extraordinario, pero si toda la pizza era de anchoas (de fantasía) no había quien se la comiese.

Martin escribe novelas con algún que otro componente fantástico. Otros escriben novelas con más o con menos, en nuestro mundo o en un mundo que se han inventado ellos, utilizando el elemento fantástico como quien pone anchoas en la pizza de su libro, a su gusto. Y el lector, el que se come la pizza, puede elegir si le gusta con más o menos anchoas, con un pequeñísimo toque casi imperceptible o con una doble capa de pececillos marrones.

Así que decir “No me gusta la fantasía” es como decir “no me gusta la carne”. Amoavé: puede no gustarte el cerdo, pero seguro que por el contrario te encanta la ternera; puedes aborrecer la carne de oveja pero comerte el pollo como si no hubiera un mañana; puede que no te guste la carne estofada pero salives como el perrito de Paulov al olor de un buen asado. Puede no gustarte la carne de hígado pero querer cantar una oda en endecasílabos cada vez que alguien te pone un buen lomo adobado delante; puede que aborrezcas el jamón (gente rara hay en todas partes :P), pero des palmas con las orejas al ver un buen solomillo de los que mugen cuando los pinchas con el tenedor. La única excepción real, los únicos que de verdad no comen carne, son los vegetarianos y similares: y ellos no comen carne por una opción basada —en el 99% de los casos— en una convicción, no en la reacción de las papilas gustativas al sabor de la carne o de la lengua a su textura.

¿Alguien no lee fantasía por una convicción…? Os aseguro que los libros no sufren cuando los abrís. Ni pierden la vida. Muy al contrario, podríamos decir que un libro está muerto hasta que alguien lo abre y lo lee. Quizá alguno pueda pertenecer a ese 1% al que no le gusta la carne de ninguna de las maneras, y no la come porque la aborrece. La carne, entiéndase, es la fantasía. Es posible que haya alguien a quien cualquier elemento inexplicable, ya sea una simplísima serendipia o un muy desarrollado mundo repletito de bichos extraños, le provoque úlceras. Sin embargo, al otro 99% no creo que le importe en absoluto, por ejemplo, que de repente en una historia de aventuras alguien saque un Santo Grial con poderes curativos, o en una historia de venganza y muerte salga un fantasma aleccionando al protagonista para que se cargue a su padrastro, o en una historia de naves espaciales haya una fuerza telequinético-telepática que distingue a un grupo de guerreros de élite, o, sencillamente, en una historia de amor haga su aparición una pócima que mata al que la bebe pero es de efectos temporales. Eso es fantasía… Shakespeare, tíos. Indiana Jones. Star Wars. Bécquer. Zorrilla.

Edición post-mortem: me señalan en Asshai.com varios ejemplos más con autores considerados "serios" que utilizan la fantasía: Homero, las novelas de caballería, Julio Verne, Edgar Allan Poe, la "Historia de Navidad" de Dickens, Asimov. Y, por supuesto, el gran aclamado Premio Nobel de Literatura Gabriel García Marquez y su realismo MÁGICO (todo un "subgénero literario" que se inventó él y que ha tenido cientos de seguidores e imitadores, sobre todo en las tierras allende los mares). Todos ellos figuras reconocidas de la Literatura Universal y de obligado estudio en las instituciones docentes.

Quizá no es que no te guste la carne, sino que no te gusta la carne mal cocinada. En eso, estamos de acuerdo. Pues en el mal llamado “género fantástico” hay libros y autores mediocres, malos, buenos y fabulosos. Como en todas partes, joder. No por tener un componente fantástico un libro es una basura, del mismo modo que no por no tenerlo el libro es una maravilla. ¿Literatura infantiloide? ¿Literatura pobre, con mala prosa, sin estructura, sin un trasfondo interesante, en la que la falta de una historia se suple con razas y monstruos y magia que todo lo arregla a modo de “deus ex machina”? Por-fa-vor. No volvamos al tópico de “todos los catalanes son unos rácanos” o “todos los madrileños son unos chulos” o “todos los andaluces son unos vagos”, ¿einn?

Hay carne para todos los gustos. Del mismo modo, hay fantasía para todos los gustos. ¿Te mola la filosofía y el existencialismo? Léete a Bakker. ¿Te mola la historia medieval? Léete a Martin, o a Bakker, o incluso a Sapkowski, o alguna cosilla de Kay. ¿Te molan las aventuras de buenos muy buenos y malos muy malos? Léete a Tolkien o a Jordan. ¿Te molan las historias de introspección? Léete a Ursula K. LeGuin. ¿Te molan las historias de capa y espada? Pilla a Howard. Si te van las anchoas en grandes cantidades, léete a Rothfuss o al mismo Jordan. Si casi te apetece más algo que te sorprenda, busca algunos de los de Sanderson. ¿Te va la espada y también la ci-fi? No pierdas de vista a Negrete. ¿Prefieres el mundo real con un toquecito de aderezo? Prueba con Eoin Colfer o con Rowling. ¿Eres más de humor un poco irónico con trasfondo más o menos profundo? Pratchett se va a convertir en tu ídolo. ¿Más anchoas pero de las del Cantábrico, de esas buenas, buenas, buenas? Gaiman, Gaiman y Gaiman. ¿Eres un adolescente y te gusta todo eso que muchos denigran, las razas raras, los bichos, los demonios y trasgos y dragones y mazmorras? Feist, o el ciclo de la Puerta de la Muerte de Weis y Hickman.

Hay DE TODO. Y para todos. Y también hay cosas malejas. Muchos de los libros de la franquicia Dragonlance son bastante normalillos; muchos de los de la franquicia Reinos Olvidados, también. Pero el error está en creer que esos libros SON “la fantasía”. No, miarma, la fantasía es el elemento, la fantasía es el ingrediente, y la calidad de uno u otro libro depende del autor, no del elemento. Depende de cómo se las apañe para emplear ese elemento. Depende de si echa una pizquita de sal o medio kilo, depende de si el plato que está preparando exige una pizquita o medio kilo, o ninguna sal en absoluto.

Va en gustos, como todo. Sin embargo, y a pesar de todo eso que he comentado (y de otras muchas cosas que me dejo en el tintero), parece ser que, para muchos, criticar o denigrar la fantasía, a sus lectores y a sus autores es un signo de superioridad intelectual. Es decir, uno puede leer un libro más o menos flojucho con personajes planos y conflicto maniqueo hipotéticamente intelectualoide que incluya denuncias contra la Iglesia y supuestas verdades histórico-religiosas, que como está encuadrado en un género de “narrativa actual” no hay de qué avergonzarse; eso sí, tiene toda la libertad del mundo para arremeter contra la fantasía en pleno, tachándola de “mierda pura”, sencillamente porque sí. E, ignorando conscientemente a todos los que le pasan por delante la profundidad filosófica de libros como “En el principio fue la oscuridad”, la intensidad y crudeza de novelas como “Tormenta de espadas”, la reflexión sobre la condición humana y el conflicto entre razón y fe de “El pensamiento de las mil caras”, la profundidad y evolución de personajes de muchas, muchísimas novelas, la REALIDAD de los conflictos, pasiones, pensamientos, sensaciones, sentimientos, situaciones y escenarios de muchísimas, muchisisisisisisísimas novelas, ese crítico hará un ademán para desecharlos con el infalible argumento de “Fantasía, caca”.

Qué simple es criminalizar un género, ridiculizarlo, quitarle el valor para poder, desde el más absoluto desconocimiento, denigrar a sus amantes con toda la impunidad del mundo. Qué sencillo es considerar que los lectores de fantasía somos memos, y los escritores de fantasía somos autores menores, de segunda categoría, con independencia de la calidad de las obras que escribamos o que leamos. A quién le importa la calidad. Es fantasía. Es caca.

viernes, 17 de junio de 2011

Variedades varias

Vamos por partes, como dice el carnicero de mi barrio. Para empezar, muchísimas gracias a todos los que estuvisteis en la Feria del Libro de Madrid =) espero que, los que no hubierais leído el libro todavía, lo disfrutéis un montón. Los que sí lo habiais leído... pues que volváis a disfrutarlo, que es lo bueno que tienen los libros: se pueden leer cuantas veces uno quiera. Y a los que no pudisteis estar allí... bueno, ojalá haya más oportunidades, tanto en Madrid como en otras zonas de España e incluso (sí, soñar es gratis) de Hispanoamérica =)

Para seguir, anunciaros una de esas "oportunidades", que por fin esta semana ya se ha confirmado oficialmente (de ahí que no os lo haya contado hasta ahora). Los próximos 1 y 2 de octubre (2011, claro) estaré en las Jornadas de Literatura Fantástica de Dos Hermanas, junto con autores y no obstante colegas xD tan estupendos como Laura Gallego Montse de Paz y Javier Ruescas (confirmados por el momento). Ya he tenido la suerte de coincidir con ellos, con Laura como periodista entrevistándola hace algún tiempo, con Montse en estos mundillos de Internet y con Javier en algunos encuentros de literatura en los que nos hemos chocado de vez en cuando =) así que tengo muchas ganas de compartir mesa y programa y charla con ellos. Además, el año pasado tuve la inmensa suerte de asistir (como oyente, no como escritora) a esas jornadas, y puedo deciros que son fabulosas en todos los sentidos: tanto la calidad del programa y de las charlas como el ambiente que se crea alrededor de ellas, y por supuesto la increíble recepción de los colegas sevillanos, son para no perdérselas, de verdad de la buena. Así que si tenéis la posibilidad de asistir, bien porque seáis de Sevilla o alrededores, bien porque os dé el punto y queráis viajar hasta allí ese fin de semana aprovechando la excusa, no tenéis más que apuntaros en la web oficial de las jornadas. Os pongo el link para que cotilleéis un poquito:

http://www.literaturafantasticadh.com/invitados

Qué más, qué más... Ah, sí. No tiene que ver conmigo como escritora sino conmigo como fangirl histérica de la literatura de otro, en este caso mi adorado George R. R. Martin. Como sabéis, estos días están emitiendo la serie basada en su Canción de Hielo y Fuego... bien, pues aunque en España todavía vayan por el capítulo 6, en los USAs ya han emitido el penúltimo capítulo de la temporada, el 9. El caso es que una mañana de aburrimiento mortal me dediqué a hacer una chorrada basada en ese capítulo y en la reacción de la gente al verlo... y no deja de ser curioso que la chorrada, que posteriormente traduje al inglés (de mala manera, como corresponde a una non-speaker como la menda), haya alcanzado un éxito inmediato en youtube y ande por todos los canales de aficionados a la saga del señor Martin. Las cosas de la red, ya sabéis xD xD

Por si queréis verlo, os dejo los dos vídeos, el español y el inglés. Ah, si no habéis visto el capítulo 9 de la serie o leído los libros, NI SE OS OCURRA verlos. Que tienen un spoiler de esos que te parte en dos el pancreas =)





PD. Y muchas gracias de nuevo al creador del vídeo de "Hitler se entera de lo de La Elegida de la Muerte", que fue quien, involuntariamente, me dio la idea de hacer éste xD xD xD

sábado, 11 de junio de 2011

Días de feria

Bueno, pues ya se acaba la Feria del Libro de Madrid... Este año he tenido la suerte de poder ir al Retiro todo lo que me ha dado la gana (habitualmente me es imposible porque vivo en Mérida y trabajo entre semana -y a veces sábados y domingos también-, pero este año mis circunstancias han sido diferentes). Y además este año, por primera vez, he ido no sólo como lectora insaciable/compradora compulsiva de libracos, sino también como escritora. Sí, podríamos decir que ha sido una feria bien distinta, al menos para mí.

Así que este año, por fin, he podido poner una cruz bien grande con mi boli mental en la lista imaginaria que me hice cuando era una mocosa, justito al lado de ese deseo, casi un sueño, que decía "Firmar libros en la feria de Madrid". Todavía me acuerdo aquel día, no levantaría yo más de un metro del suelo, en el que iba de la mano de mi mami y miraba las casetas con la boca abierta, pensando "Pues yo quiero hacer eso que está haciendo ese señor que tiene una cola de gente delante..." El jueves, cuando por fin me senté y tuve mi propia fila de gente, creo que fue una de las poquitas veces en mi vida en las que mi cabeza emitió un suspiro de "Por fin", junto con el día en el que me senté por primera vez delante de un micrófono de radio, el día que terminé mi primera novela y el día en el que vi mi primer libro en una librería. Una sensación muy curiosa, por si alguno tiene ganas de saber lo que se siente. Es al mismo tiempo alivio, miedo, expectación y un poquitito de ansiedad, mezclado con una enorme alegría en un cóctel agitado pero no revuelto.

Entendedme bien, no es la primera vez que me enfrento a una situación similar: en este último año he tenido unas cuantas de ésas, y llevo ya más de una década dedicándome al periodismo radiofónico, así que el público no me resulta extraño. Pero... pero la Feria de Madrid, que para eso es mi ciudad natal (y a la que tanto he echado de menos esta última década), es... especial. Y si encima tienes la posibilidad de compartir ese momento especial con gente tan especial como mis queridos frikis de Asshai, los escritores del Multiverso y Ociozero y el omnipresente peluche de Cthulhu, pues... un momento especial se convierte en "El" momento especial, lo quieras o no =)

Muchas gracias a todos los que os pasasteis por la caseta de Atlántica Juegos para hacer de ese jueves "El" jueves (con permiso de la revista), a los que os llevasteis un ejemplar firmado y a los que trajisteis vuestro ejemplar para que yo le pusiera encima la manaza. Puede parecer una frase estupidísima de lo manoseada que está, pero lo cierto es que sin vosotros el día 9 de junio habría sido un jueves más =)



PD. Sí, ya sé que aún no domino lo de la "pose" que comentábamos el otro día, pero qué queréis, una es que prefiere ser natural como la vida misma, que eso de andar pensando todo el tiempo en qué jeto tienes que poner cansa un montón :P