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miércoles, 27 de abril de 2011

Clavao

Tras lo que comenté hace unos días en la entrada titulada "Impasse", tenía que contároslo... Hace apenas unas horitas que he terminado la novela que me propuse escribir para quitarme las telarañas de encima. Como dije entonces, ha quedao clavao: en 17 días, que es lo que tenía para escribirla, la he escrito. Os podéis imaginar la euforia que siento en estos momentos, ¿verdad? Pues multiplicadla por... por mucho.

En total, en esos 17 días he conseguido escribir 306 páginas, 90.000 palabritas, 505.000 caracteres (algunos bastante exóticos, al menos para los que vivimos en el sur de Europa) divididos en 26 capítulos, un prólogo y un epílogo. E incluso logré documentarme un poco para no meter la zarpa en lo que estaba escribiendo... tened en cuenta que está ambientada en un asentamiento vikingo del siglo IX (aproximadamente), de modo que antes de ponerme manos a la obra sabía más bien poquito de lo que tenía que plasmar (usos, costumbres, forma de vida, etc; de mitología sabía un poco más, pero tampoco como para escribir una tesis doctoral, la verdad).
Y bueno, no sé si la novela es buena o mala, la verdad. No sé si es coherente o absurda. No sé si está ordenada o desordenada. Al haberla escrito en tan poco tiempo, ha sido más bien un enorme ejercicio de escritura automática forzada. Ahora usaré estos tres días que me quedan para la finalización del plazo del concurso para releerla y ver qué se puede hacer con ella (ya que la he terminado, por supuesto que la presentaré, faltaría más, aunque sea completamente absurda), para corregirla en busca de repeticiones y zarpazos, para asegurarme de que es una novela y no una sucesión de páginas sin conexión entre sí. Es decir, el trabajo aún no está terminado, pero al menos ya sé que, escribirla, la he escrito.

En fin... me duele la espalda, estoy destrozada físicamente, tengo un poquitititito de ansiedad residual de tanto estrés "escribe escribe escribe escribe no pares escribe", pero todo eso se me olvida cada vez que recuerdo la barbaridad que he hecho estos últimos días. Siempre he dicho que soy un poco salvaje, pero esto me lleva a pensar si no tendré más genes incivilizados de los que imaginaba. Que soy bastante borriquita, creo que es obvio :P



PD: sí, las imágenes son futboleras y no literarias. Qué queréis que os diga, la euforia que siento ahora mismo se parece mucho a lo que sentí con el triplete del Barça, o a ese increíble momento en el que Iniesta marcó cierto gol del que toda España se acordará siempre... así que ¿qué mejor que esto para ilustrar la entrada? =)

Edición post-mortem: Acabo de enterarme de que hoy, también, George R.R. Martin ha terminado "A dance with dragons". Oro a todos los dioses de todos los panteones de todos los mundos paralelos y perpendiculares (y tangenciales, oblícuos, cruzados, bordados y dibujados a lápiz) que sea una señal... ¡George, ya comparto un poquito contigo, aunque sólo sea la fecha de finalización de esta novela! xD xD

martes, 19 de abril de 2011

The things I do for love

No podía titular esta entrada de otra forma. Y sí, en inglés, porque todavía tengo clavada en las meninges la voz de Nikolaj Coster-Waldau diciendo esa frase, no diré ni a qué altura (sic.) de la trama ni a quién ni en qué circunstancias por si alguno de los que pululáis por aquí no ha visto aún el primer capítulo de "Juego de tronos", la serie que acaba de estrenar HBO, o no ha leído Canción de Hielo y Fuego, la saga de George R.R. Martin en la que se basa la serie.

No, no digo más, pero los que sí sepáis dónde encaja esta frase sabréis por qué se me ponen los pelos de picos pardos al recordarla. Y si habéis visto ese primer capítulo, convendréis conmigo en que, con esa frase, Nikolaj Coster-Waldau se ha convertido en el mejor Jaime Lannister que podríamos haber imaginado (nariz o no nariz). Y encima esa frase, ese gesto que hace justito un segundo después de pronunciarla, la expresión que tiene en la cara al decirla, no son sino un colofón de oro para el que es, al menos para mí, el primer capítulo de una serie que se avecina monstruosamente magnífica.

Anoche tuve la inmensa suerte de ver el primer capítulo de "Game of thrones" en pantalla grande, en la Sala Berlanga de Madrid. A diferencia de los compañeros de Barcelona, que vieron cómo la noche se convertía en un Epic Fail (un abrazo desde aquí, pequeñajos), los que estuvimos en Madrid pudimos disfrutar de una noche mágica, con Trono de Hierro incluido. Una compañía maravillosa (vi a mucha gente a la que veo menos a menudo de lo que querría, conocí a gente a la que tenía muchas ganas de conocer), una espera no muy larga salpicada de momentos deliciosos (mención especial al trono, claro, pero por qué no hablar de las botellitas de Eau de Canal, de los inmensos posters de Daenerys y Eddard de la entrada, de las risas, de las "canciones" que al final no nos atrevimos a entonar por miedo a represalias en forma de colleja (xD), del cachondeo mientras veíamos el larguísimo reportaje de Canal +, hasta que al final empezó el capítulo y, curiosidades de la vida, todo el guirigay se apagó y nos quedamos todos mudos como Espectros (aka maniquís del Zara clavados a un árbol).

Del capítulo no os voy a decir nada, porque quizá aún no lo hayáis visto y no quiero destrozaros ni un solo momento de magia. Tampoco hablaré de Canción, porque me reservo para otra entrada en la que pueda reaccionar tranquilamente a todas esas críticas que han salido a raíz de la serie, en la que poco más o menos se dice que se trata de unos libros para geeks de sexo masculino con inclinaciones onanistas y problemas de adaptabilidad social (otro día, lo prometo. Cuando se me pase la rabia). Sólo una cosa: a los que no lo hayáis visto, ¿a qué esperáis? Y a los que no hayáis leído los libros, ¿estáis locos?????

Y a los demás... Las cosas que hago por amor.

martes, 12 de abril de 2011

Impasse

Tenía previstas unas cuantas entradas con temas curiosones e incluso hasta interesantes y todo. Pero... pero en realidad actualizo para deciros que es posible que pase un par de semanitas sin actualizar xD. No os preocupéis, que no es por nada grave: vale, no es que todo me vaya genial, pero no hay ningún problema gordo que me impida actualizar de aquí a fin de mes. Tampoco me voy de vacaciones de Semana Santa a un lugar desconectado y sin... bueno, un segundo, ahora que lo pienso es posible que eso SÍ lo haga (sí, Tarancueña sigue siendo uno de esos poquitos sitios en los que conectarse a Internet es una utopía. Bueno, hasta hace pocos años hablar por el móvil también lo era, y ahora sigue siéndolo si no eres de una compañía en concreto xD). Pero sólo serán 3 días, así que no cuenta como excusa para pasar veinte días sin actualizar.

¿Entonces...? Bueno, pues os explico por qué me guardo las entradas "gordas" y "sesudas" y "elaboradas" para después del 30 de abril. Sencillamente, porque estoy escribiendo. Sabéis que he pasado un año de bloqueo literario, y que aunque poco a poco me iba desperezando y escribiendo una cosita aquí, otra allí, en realidad no había forma de recuperar el "ritmo": así que he decidido coger el toro por los cuernos y plantearme un reto, a ver si con el subidón adrenalínico consigo quitarme la caraja de encima y vuelvo a ser yo cuando me pongo delante de un teclado.

El reto es terminar una novela antes de que acabe el plazo para un concurso. Y como para que la adrenalina haga su trabajo necesito bastante presión (porque soy una procrastinadora irredenta), necesitaba un plazo muy corto para espabilarme. Así que elegí un concurso cuyo plazo finaliza el 30 de abril, y aquí estoy, peleándome con el teclado y con mis ideas, a ver si soy capaz de sacudirme de encima todo el miedo, la inseguridad y la ansiedad que he ido acumulando estos meses de bloqueo y consigo volver a escribir.

Diréis que es una barbaridad. Sí, bien, ya lo es en condiciones normales (¿una novela en menos de un mes? ¡Venga ya!), imaginad la burrada que será cuando el escritor está en baja forma. Pero el objetivo en realidad no es la novela en sí: el objetivo es desbloquearme. Y así, cuando estoy escribiendo y me bloqueo, o me da yuyu, o me aburro, o me entra miedo, pienso: "¡Que el día 30 está ahí, TIENES que seguir!!" y me obligo, y al cabo de un rato veo que la cosa va saliendo y que, a cada palabra, resulta un poquito más fácil.

Probablemente la novela que saldrá de todo esto no valdrá gran cosa. Llevo seis días, 32.000 palabras, y me quedan (descontando la Semana Santa, en la que no creo que vaya a escribir mucho, o incluso nada) once. Si consigo acabarla será un milagro: no pidamos que encima sea una maravilla. Pero, como os digo, el objetivo es acabarla, conseguir ponerme a escribirla y no dejarla a medias, quitarme de encima todos esos complejos que se me han ido acumulando a lo largo de los meses.

Así que... bueno, pues lo que os decía =) que no creo que vaya a colgar ninguna entrada extensísima y curradísima de aquí al 30 de abril, porque estoy en mitad de uno de los retos más complicaos de mi vida literaria. No sólo por el hecho de cascarme una novela en diecisiete días (que saldrá lo que salga, si sale), sino y sobre todo por escribir.

martes, 5 de abril de 2011

sHa_pOSe_reSHuLoNaaH


No, en realidad esta entrada no tiene nada que ver con la tortura lingüística de algunos —no todos, graciasalosdioses— jóvenes de hoy en día (válgame, ya parezco una viejuna y todo con eso de “¡Esta juventud…!” xD), pero hay que reconocer que, en ocasiones, el “canidioma” (sin ánimo de ofensa alguna) presta una expresividad al dolorido castellano que la corrección gramatical no logra otorgarle.

De qué va esto. Pues de que hoy me he levantado acordándome de un comentario que surgió en este mismo blog hace algunos días, y he pensado “Qué leches, hablemos no del milenarismo sino de esto otro, que puede resultar cuanto menos curioso, si no interesante”. Y con ese ánimo me he puesto delante del ordenador, con mi café, mi pijama y mis pelacos de bruja Avería recién levantada (qué queréis que os diga, por las mañanas o me meto un rastrillo o no hay quien me peine), a hablar justo de lo opuesto: de la imagen tratada, cuidada, estudiada. De la “pose”. ¿De quién? Pues de quién va a ser: de los escritores.

Ah, que no se os había ocurrido pensar que los escritores tuvieran una pose. Pues sólo tenéis que echar un ojo a las afotos que hay en esta entrada para ver que todas ellas tienen algo en común, aparte de que los retratados son gente que, en mayor o menor medida, todos reconoceréis (para los que no, al final digo sus nombres: vamos a aprovechar para hacer un poquito de promo a las Letras asín “de grati”, que diría si no tuviera que cuidar el lenguaje xD xD). ¿Qué tienen en común? La imagen que los retratados quieren dar a la cámara, la idea que quieren transmitir, la anteriormente mencionada y nunca bien ponderada “pose”.

Uno puede pensar lo que pensé yo cuando me metí a currar en la radio jornada completa y a escritora en mis ratejos de ocio y refocile: lo bueno que tiene esto de escribir (y la radio también, por eso lo menciono) es que nadie te ve hacerlo, así que puedes desarrollar esa tarea con el pelo recogido con un boli Bic, un jersey lleno de pelotillas, los pantalones del chándal del Bazar Taiwan, zapatillas de felpa del mismo bazar y/o del Carrefour (de ésas de toda la vida, o bien las más “modernitas”, las zapas enormes que nos hacen parecer un personaje manga), una mascarilla de pepino en la jeta, las gafas rotas y pegadas con celo y demás complementos que jamás os atreveríais no sólo a llevar a la calle, sino a llevar puestos cuando le abrís la puerta al vecino, al butanero, al pizzero o a los Testigos de Jehová. Y bueno, sí: mientras uno está escribiendo, puede no preocuparse en absoluto por su imagen, que nadie va a verlo. Siempre que tenga cuidado de no conectar la cámara del ordenata, claro, pero de despistes varios capaces de arruinar la imagen de uno ya hablaremos en otra ocasión.

Es lo bueno, repito, de este curro (el de escritor; el radiofonista, por desgracia, tiene que salir de casa y compartir redacción con sus compañeros, así que al menos debe estar vestido con decencia). Se puede desempeñar sin necesidad de pensar en quién te estará viendo hacerlo, porque habitualmente no te está viendo nadie (en mi caso, mi gato Bruno; pero al maldito bicho le da igual que yo esté en pijama, en chándal, en túnica, en vestidito de tirantes o en ropa interior, lo cual es bastante de agradecer).

Pero claro, eso sólo sucede cuando uno está escribiendo. El problema (si es que es un problema, claro) es que el trabajo de un escritor, por gracia o por desgracia, no se limita a eso: también tiene que aparecer en público, aunque sólo sea en la solapa/contraportada de sus “niños”. Presentaciones, sesiones de fotos, mesas redondas, debates, entrevistas televisivas, conferencias… todo eso se hace con un público delante, y claro, la cosa cambia bastante de una a otra situación.

No vamos a sorprender a nadie a estas alturas si decimos que, con independencia de cómo estemos en nuestra casita, de puertas afuera nos preocupamos bastante (o más) por nuestra imagen. Eso no sólo le pasa al escritor: le pasa a todo el mundo. Incluso aquellos que “pasan”, no pasan. Aunque sólo sea porque para ir a la calle se pasan el rastrillo por la pelambrera (o, en casos desesperados, se frotan la calva pa que reluzca), se lavan los piños y se visten de persona humana (uniforme básico: pantalones, jersey/camiseta, zapatos o zapatillas; no se pide mucho más, pero menos resulta ciertamente chocante). Pero ya no hablamos de los fundamentos de la vida en sociedad, que implican, al menos, no ir por la vida escandalizando a la viejita del quinto o al vendedor de periódicos de la esquina. Hablamos de algo muy distinto, que es lo que antes llamábamos “la pose”.

Incluso los que dicen no preocuparse por eso se preocupan. Incluso los que van de “me importa tres cojones mi imagen” se miran al espejo antes de salir a la calle. Seamos sinceros: nadie (NADIE) sale a la calle en calzoncilloslip/bragafaja, con las patas peludas y los rulos puestos (en caso de las hembras), sin camiseta/en camiseta de tirantes interior enseñando michelín (en el caso de los machos), y demás ejemplos de la comodidad hogareña, salvo casos muy extremos como el “es de madrugada y voy a tirar la basura” o el “soy un ente asocial y las voces me dicen que así estoy estupendo/a”. Pero vamos a dejar lo obvio (que aunque vayamos a comprar el pan procuramos no espantar a nuestros conciudadanos con nuestro aspecto) y centrémonos en lo que da título a esta entrada, que de Vida Práctica En Sociedad siempre hay tiempo para hablar.

Los escritores, como cualquier otro ser que vive del público (y los escritores viven del público, al menos los que tienen suertecilla :P), se preocupan de la imagen que dan, como los músicos, los actores, los modelos, los políticos, los periodistas “estrella” (sigh) y los príncipes del pueblo varios que pululan por el “ello” mediático.

Cada uno, como es obvio, busca la imagen que quiere dar y procura atenerse a ello: habitualmente, los modelos (y los actores) intentan dar la imagen más bella que pueden, porque en gran medida es de la estética de lo que viven y es estética lo que venden (en el caso de los actores esto podría matizarse un poquito, pero sigue siendo cierto que viven de su imagen). ¿Los músicos? Muchos de ellos, también. Algunos se van al otro extremo y procuran dar una imagen “feísta”, que no deja de ser crearse una imagen a juego con lo que quieren expresar. Otros intentan ofrecer una imagen descuidada, casi hasta “sucilla”, pero estamos ante lo mismo: se crean una imagen, y es la imagen que dan al público. Los protagonistas del “mercadeo televisivo”, también. Esto no deja de ser un reflejo de esa frase que no recuerdo en qué peli ni quién decía pero que no deja de ser absolutamente cierta: “Vístete para el trabajo que quieres”. ¿Quieres ser modelo, actor/actriz? Vístete de marca, conviértete en un fashion victim, da la imagen de ser el rey o la reina del glamour. ¿Quieres ser cantante, o músico en todas sus variantes? Elige un estilo musical, y créate una imagen acorde con él. ¿Quieres ser político? Pon cara de buena gente (igual alguien se la cree y todo). ¿Quieres ser Belén Esteban…? Hmmm eso es más complicado, pero si lo estudiamos seguro que se puede hacer algo al respecto.

¿Quieres ser escritor…?

Vale, tiempo muerto. Hemos dicho miles y miles de veces que para ser escritor lo primero y lo más importante es escribir (obvio), escribir bien (evidente), escribir con corrección (lógico), escribir con imaginación, siendo fiel a uno mismo, derramando en las páginas lo que uno tiene dentro, etc etc etc (sobre esto hemos hablado y volveremos a hablar, no os preocupéis). De acuerdo. Tomemos como premisa que ya hacemos todo eso, ¿eh? Escribimos, escribimos bien, con corrección, nuestras historias son nuestras (jeje) y han llamado la atención de algún editor y zasca, nos encontramos con que de repente nos hemos convertido en gente cuya foto sale en el google O_O maemía, y yo con estos pelos.

Sí, bien, es cierto que nuestra carta de presentación es lo que escribimos. Pero cuando uno se enfrenta al público, lo primero que el público ve es a nosotros, no a nuestros libros (al menos, no por dentro; de portadas y demás horrores trataremos en otra ocasión). ¿Y qué hace un escritor ante esa tesitura? Pues lo que haría cualquiera: peinarse.

Ahora bien, en el caso de los escritores esto es un poco distinto de otros colectivos cuya imagen se convierte en “imagen pública”. ¿Por qué? Pues porque los escritores, como los pensadores, los filósofos, los “ideólogos”, viven de un trabajo INTELECTUAL, con lo cual no importa si tienen un buen culo o no. O no debería importar. Sí, bueno, claro, a todo el mundo le mola pensar “y encima tengo un buen culo”, pero nadie vende libros dependiendo de la calidad de sus nalgas. O no debería. Al fin y al cabo, hay personas (machos y hembras) que tienen un trasero de infarto y no saben enhebrar dos pensamientos juntos. Y quien dice culete dice tripita, caderas, pecho/s, careto, patas y demás partes del cuerpo humano.

Vale, partiendo de la base de que todo el mundo quiere salir guapo en la afoto (salvo los que van de feos, al párrafo sobre algunos músicos/actores me remito), veamos a qué problemática se enfrentan los escritores y cómo la solventan, con mayor o menor acierto.

Se trata de salir guapo (lo que la naturaleza permita, claro), pero de intentar no darle importancia a la hermosura. Difícil, ¿eh? Sí, bueno, es que todavía hay gente que piensa que la belleza física (y más si se refiere a la mujer) es un obstáculo para el desarrollo del intelecto (valiente sandez, jatetú). Del mismo modo que un buen culo no garantiza una inteligencia superior, tampoco garantiza lo contrario. Vaya, que se puede ser majete/majeta físicamente y pensar, coña, pero parece que eso aún no está asimilado por “la generalidad” (véanse todos los chistes sobre rubias tontas, por poner sólo un ejemplo. Oh, por cierto, yo soy de las de “inteligencia artificial”: una rubia teñida de morena. Aunque de eso hace poco, así que vaya usté a saber si las novelas que escribí cuando todavía tenía el pelito dorado no serán una ful xD xD xD).

Bien, pues partiendo de la base de que un escritor no suele intentar acentuar esa belleza física aunque cuente con ella (y aunque sí que intente salir guapo en las fotos, como decíamos antes; contradicciones te da la vida), la cosa se pone bastante chunga. ¿Qué imagen doy? ¿Cómo lo hago para no salir hecho/a un congrio (que todos tenemos nuestra pequeña dosis de orgullo), pero al mismo tiempo demostrando que lo que me importa no es ser mono/a sino ser listo/a? La solución: intentando dar una imagen de “intelectualidad”. ¿Y eso cómo se hace…?

Fijaos en las fotos que hay repartidas por todo este engendro que no me atrevo a denominar “artículo” ni “reportaje” ni “columna” ni nada que dé una idea medianamente seria y/o informativa, periodística o similar: todos ellos son escritores, y todos tienen un renombre. No se limitan a un género, ni a un estilo: son heterogeneos, hombres y mujeres que sólo tienen en común su amor por la literatura y que, por suerte para ellos, se ganan la vida escribiendo. ¿De verdad no les veis nada más en común…?

Síp, es esa imagen de “tengo dentro de la cabeza cosas que vosotros no creeríais…”. Como es evidente, una foto no va a mostrarnos los recovecos y circunvoluciones de sus hemisferios cerebrales, salvo que fuera una foto clasificada e incorporada a un archivo forense (lo cual haría bastante difícil que la actividad cerebral del sujeto en cuestión se pudiera clasificar como “fuera de lo común”, excepto en el caso de que la hubiera, lo cual nos situaría ante un caso claro de zombiedad o zombieción o zombieísmo). Como la foto de los sujetos en cuestión se hace “desde fuera” y no nos enseña “lo de dentro”, esa imagen de “tengo cosas en la cabeza…” ha de darse de otros modos. Y si encima tenemos que preocuparnos de salir medianamente agraciados/as, la cosa se convierte en un arte.

Hasta aquí, probablemente estaréis pensando “Qué cojones me está contando esta tía”. Bueno, yo me estoy preguntando lo mismo xD xD. La idea, resumiendo, es que un escritor intentará dar una imagen de “vale, no estoy mal —o sí—, pero jatetú lo interesante que soy”. Como en una foto no podemos demostrar lo lissstos que somos, se trata de aparentarlo (y bueno, algunos es que no son listos, pero de ello hablaremos en otra ocasión). Y para aparentar ser lisssto, eso de poner cara de concentración intelectual tiene su riesgo, porque puede ser que sobreactuemos y acabemos dando imagen de anuncio de yogur favorecedor del tracto intestinal.

Así que vamos a ver qué podemos hacer para crearnos esa “pose” de escritor, la que dice “soy físicamente majo/a —o un poco menos—, pero lo que importa es que tengo cosas en la cabeza que vosotros no creeríais…” Para empezar, cómo nos preparamos para ponernos delante de la cámara. Si tenemos en cuenta lo que decíamos antes de que está comúnmente aceptado que una belleza física impactante NO vende novelas (again, qué chorrada, ni que estar rico/a influyera en nuestras sinapsis neuronales), no es recomendable vestirse como si se fuera a recoger un Oscar y/o a la boda de tu futuro rey (la corbata y el traje de chaqueta son muy útiles para encontrar curro en un bufete, pero no para decirle al mundo “tengo mucha vida interior así que tengo superada la vida exterior, ergo no me pliego a los convencionalismos sociales”; del mismo modo, para las mujeres, no es recomendable llevar un minivestido que del escote a la falda ocupe medio metro, por muy de puta madre que nos quede: estamos vendiendo capacidad craneal, no talla de sujetador).

También está socialmente aceptado que los escritores no son muy de polo Lacoste/Blueberry, pantalón de pinzas, collarcito de perlas (salvo que vaya una de “femme fatale” y se plante una ristra de ocho vueltas, aunque eso ya es pa nota), diadema y demás elementos comunes a ciertas capas sociales, del mismo modo que el chándal purpurínico, las deportivas con lucecitas/cámara de aire/plataforma, los microtops y tal tampoco son excesivamente recomendables. Vístete para el trabajo que quieres, ¿recordáis…? Casi mejor una camisa de las de “fondo de armario” (entiéndase como tal esa prenda que sirve para todas las ocasiones dependiendo de con qué se combine) y pantalones o falda del mismo sitio. Algo que no llame mucho la atención ni pa un lado ni pal otro: neutro, que ya tendremos tiempo para liarla parda con los complementos.

De ellos hablamos. Puesto que queremos dar una imagen de “intelectualidad”, vamos a ponernos esas convenciones sociales por montera y a crearnos una imagen de “soy tan imaginativo que fíjate lo que me pongo”. Como podéis observar, el bastón es un complemento muy en boga entre los escritores (vaya usted a saber qué conexión neuronal habrá establecido que tener problemas para caminar equivale a escribir bien, pero son muchos los que usan el bastón, preferiblemente con puño de plata, para crearse esa imagen). Usar gafas es bastante conveniente a la hora de obtener una “pose” competitiva; yo estoy por comprarme unas sin graduar, no os digo más. El fular, tan en boga en otro tiempo, hay que llevarlo con cierta gracia para que nos ayude a esa imagen, pero está también aceptado que ponerse un pañuelo al cuello en vez de la anteriormente mencionada corbata demuestra independencia social y, por tanto, superioridad mental :P. Para las nenas, poca joya, o mejor aún ninguna. Para los nenes, cero abalorios, salvo que queráis crearos una imagen de “escritor excéntrico”. Esto puede ser muy positivo dependiendo del género que practiquéis, y si no, asomaos a las fotos una vez más ;)

Para seguir, hablemos de los ojos, que como buen espejo del alma que son deberían reflejar toda esa vida interior que hace que nuestras novelas sea, así a priori, completamente recomendables. Se puede elegir entre mirar a cámara con los ojos repletitos de “tengo taaanto que contarte” (no es fácil; se puede ensayar en el espejo, pero hacerlo mirando a un objetivo es mucho más chungo, dónde va a parar. Algunos recomiendan desenfocar la mirada y pensar en pajaritos, pero si se usa ese método se suele salir con cara de sobredosis de sustancia psicotrópica, así que es preferible utilizar otro) o mirar al infinito con cara de “mi mente no para en tierra ni para repostar” (ésta es más sencilla, pero también se corre el riesgo de aparentar llevar un “viaje” más que regular, así que cuidadito). Si no, siempre se puede hacer el truco del almendruco: se cala uno unas gafas de sol para no deslumbrar al respetable con el brillo de su inteligencia superior, y santas Pascuas.

El gesto también es importante. La sonrisa siempre es un gesto aceptable (excepto si vais de ranciacos, que también puede ser, cada uno va de lo que quiere). Si no queréis ir de simpáticos o de amables, o simplemente no os veis favorecidos sonriendo, podéis optar por lo del viaje astral que decíamos antes: no es imprescindible sonreír para decir “qué mente tengo”, sólo para decir “soy simpaticote”. Todo depende de la cercanía/lejanía que queráis transmitir. ¿Queréis ser cercanos, de ésos de “Joé, lo bien que escribe y lo majo y lo normal que es!!!”? Pues a sonreír se ha dicho. ¿Queréis ser más bien de ésos de “Es un genio y está por encima de todos nosotros”? Mejor no sonriáis. (Nota adicional: si lo que os pasa es que tenéis los piños descolocados, descascarillados, despavoridos o sujetos con brackets, también se puede sonreír sin enseñarlos. O enseñarlos y dar imagen de “me la pela en si bemol”, cada uno lo que prefiera).

Y las manos, no nos olvidemos de las manos. Poner cara de inteligencia suprema está muy bien, pero hay que enseñar manos. ¿Por qué? Pues porque escribimos con ellas (al menos, el 99% de nosotros), así que está bien eso de relacionar “mente” y “manos” para que la conclusión sea “ponemos la mente en las manos y éstas transmiten nuestras ideas inteligentísimas a nuestros escritos, que en consecuencia son la rehostia”. No es aconsejable hacerle un gesto obsceno a la cámara, salvo que queramos ir de “bruscos” por la vida. Lo mejor es enseñar las manitas de forma inocua, cual si fueran inofensivas pero, al mismo tiempo, omnipresentes. O cual si fueran inteligentes por sí mismas. Si a la inteligencia de la mirada y del gesto le añadimos la inteligencia de las manos, nos sale una inteligencia inteligentísima, oiga.

Una cosa muy curiosa es el tema del tabaco. Pasándose la corrección política por el arco del triunfo (y también los consejos de las autoridades sanitarias), muchos eligen complementar esa “pose” con un cigarrillo encendido. Bueno, antaño eso lo hacían los actores para demostrar que eran el colmo del glamú, pero eso se acabó cuando fumar dejó de ser “lo más in” para pasar a ser “lo más peor”. Sin embargo, muchos escritores siguen fumando ante las cámaras… No está demostrado que el tabaco nos vuelva más lissssstos (de hecho, y lo dice una fumadora, hay que ser tonto para fumar), pero ahí está el cigarrillo: como símbolo de rebelión, quizá, o de libertad social, tal vez, o simplemente porque el humo queda que te cagas en una foto bien hecha. Eso sí, no es recomendable que empecéis a fumar si no lo hacéis ya: hay otras formas de encontrar ese puntito intelectual sin joderse los pulmones. Y si salís fumando en una afoto, aseguraos de que sea evidente que NO estáis en un sitio donde está prohibido (básicamente todos, excepto vuestra casa y la puta calle). Que ir de rebelde por la vida puede molar, pero una denuncia y un multazo molan menos :P

Vamos, que en definitiva sólo hay que tener en cuenta una cosa: para tener una buena “pose” de escritor hay que intentar parecer listo, inteligente, imaginativo y, a ser posible, no salir como un orco de feo (más que nada para no horrorizar al respetable). Luego ya cada uno que se busque la imagen que más le apetezca (sobria, malota, rebelde, excéntrica, pasota, elegante…) y actúe en consecuencia. Eso sí, cuidado: si os hacéis muy famosos, no se os ocurra salir a comprar la fruta a la desavillé. Que no hay nada que arruine más una imagen que otra imagen.

PD. Esta entrada está escrita sin ningún tipo de intención hiriente-atacante, y referida a “la generalidad”. No nos pongamos susceptibles, que no se refiere a nadie en concreto. Y además, por si alguien lo dudaba, está escrita bastante bastante de cachondeo ;)

PD2. Por supuesto, las fotos que ilustran esta entrada tienen trampa. Es decir, he ido buscando las que más me encajaban, en un método de muestreo que habría hecho que cualquier encuestador profesional se llevase las manos a la cabeza de puro horror. No iba a poner imágenes en las que estos mismos u otros escritores demostrasen que son seres humanos normales y naturales como la vida misma… que lo son, o al menos eso creo xD pero la pose de las fotos ES la pose de las fotos y de ella hablaba, así que hala, pose. Zasca.

Títulos de crédito (useasé, “han posado” para esta entrada): Mafalda, Jorge Luis Borges, J.R.R. Tolkien, Stephanie Meyer, George R.R. Martin, Ana Mª Matute, Ursula K. LeGuin, Gioconda Belli, Isabel San Sebastián, Martin Amis, Joanne K. Rowling, Andrzej Sapkowski, Isabel Allende, Julia Navarro, Zoe Valdés, Marjane Satrapi, Antonio Gala, Robert Jordan, Ray Loriga, Carmen Martín-Gaite, Arturo Pérez-Reverte y Terry Pratchett =)