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lunes, 20 de diciembre de 2010

¿En serio queremos ser escritores?


Hace un ratito he recibido una noticia que, si bien no es estrictamente horrible, tampoco se la puede considerar buena. Tal vez se pueda pensar que soy muy impaciente, pero en realidad no es así: han pasado seis meses desde la publicación de La Elegida de la Muerte (Öiyya) y para la campaña de Navidad las cosas no son tan sencillas como puedan parecer: es demasiado antigua para entrar en el cajón de las novedades, es demasiado fantástica para entrar en el cajón de la narrativa general, es demasiado adulta para entrar en el cajón de la fantasía "navideña". Y yo soy demasiado novel para que mi nombre le diga algo a alguien, algo que haga que apueste por mi libro y no decida devolver los ejemplares que tiene a la editorial pensando que no va a venderlos.

Evidentemente, nadie dijo que esto fuera a ser fácil. ¿Autor novel, español, de fantasía? Difícil, muy difícil. Y sin campaña de promoción, prácticamente imposible. Y sin embargo yo he peleado lo que he podido con lo que he tenido a mano (que ha sido más bien poco, teniendo en cuenta además que todo esto me ha venido justo en el momento en que menos concentrada estoy). Así mirado, se puede considerar un absoluto éxito lo que he conseguido, que ha sido vender bastante teniendo en cuenta la media del fantástico español. Sin embargo, volvemos a lo de siempre: no es suficiente, no es suficiente si lo que quieres es vivir de esto, si lo que quieres es seguir publicando, que es lo que, creo, queremos casi todos los que nos planteamos esto de escribir como algo más que un hobby.

Lo curioso de toda esta historia es que se habla de la novela, se habla mucho, y se habla bien. Las críticas son muy buenas. Los lectores (la mayoría) están satisfechos con ella, algunos incluso más que eso. Y, sin embargo, las cifras son las que son. ¿Cómo es posible?, se preguntará alguno. Yo tampoco tengo la respuesta. Lo que sí sé es que, por desgracia, en este mundo no importa cuánta gente lo lea o a cuánta gente le guste: lo que importa es cuánta gente lo compre. Y por mucho que lo hayan leído diez mil, veinte mil, treinta mil personas, si sólo se venden dos mil ejemplares no hay éxito que valga, ni hay posibilidad de continuación por mucho que esas treinta mil personas la quieran. Si no se vende, no es negocio; si no es negocio, no se invierte, y punto. Y si no se invierte, por mucho que los lectores y el autor quieran continuar, no se continúa.

Y todo esto me lleva a plantearme lo que hace algunos días vi que planteaba Anika entre libros en su muro del facebook: ¿De verdad queremos ser escritores? ¿En serio nos merece la pena? La cuestión es la siguiente: yo he tenido mucha suerte, se puede decir que soy una privilegiada, porque he logrado publicar con una gran editorial que me ha dado una muy buena distribución y un nombre. Sé que hay muchos, muchísimos, que pasan años peleando con uñas y dientes por conseguir eso que yo he conseguido, llevándose palo tras palo, decepción tras decepción, tantas que parece que no van a conseguirlo jamás. Y después, cuando lo consigues, te encuentras con que hagas lo que hagas, aunque el libro sea bueno, aunque a la gente le guste, aunque las críticas sean magníficas, aunque todo el maldito Orbe esté encantadísimo con tu libro, sigues fracasando. Porque no se vende. ¿Y en serio nos merece la pena pasar por el mal trago de intentarlo, seguir intentándolo, volverlo a intentar, para encontrarnos con que, una vez conseguido, nos estrellamos contra una pared que se llama "mercado"?

No se puede tener más fácil, como me comentaba un crítico hace algunas semanas. Me dijo que mi libro era bueno, era interesante, entretenido, estaba bien escrito, estaba publicado por una buena editorial, lo tenía todo. Y, sin embargo, me auguró muchos palos y muchas decepciones y muchas peleas y muchas lágrimas. ¿Por qué? Pues porque, me dijo, la gente te va a leer, pero no te va a comprar. Porque la gente va a seguir prefiriendo pedirle tu libro a un conocido o sacarlo de la biblioteca e invertir esos veinte euros en libros que adornen su estantería, y como tales entiende los best-sellers de escritores como Dan Brown, Stieg Larsson, gente de la que todo el mundo hable. Libros de los que se pueda presumir. "Oh, tengo dos ediciones de esta trilogía porque todo el mundo la ha leído y habla de ella", pero nadie da un duro por un libro de un novel, aunque lo haya leído y sepa que es bueno.

¿Queda un poco ruin pedir al respetable que invierta en los que empezamos? Tal vez. La gente sigue teniendo la libertad de comprar lo que le dé la gana, y tú no puedes exigirle que compre lo tuyo si prefiere que sea Christopher Tolkien quien adorne su librería. Pero luego quizás no entienda por qué tu libro, que tanto le gustó cuando se lo prestó su vecina, no ha visto su continuación, algo que le apetecía enormemente.

No sé si os habrá pasado, pero yo me he encontrado con muchos lectores que se quejan de que en las librerías sólo encuentran libros de "los de siempre". ¿Cuál es el problema, entonces? Pues que los libros de "los de siempre" son los que se venden. Los de los noveles, se leen, pero no se compran. Y, mal que nos pese, las editoriales no son ONGs: invierten para lograr un beneficio. Por muchas buenas críticas que obtenga una novela, ese autor no va a seguir publicando si su novela no vende lo suficiente. Y ahí es cuando enlazamos otra vez con lo del principio: ¿le merece la pena a alguien pelear tanto, invertir tanto tiempo en su sueño, para encontrarse después con que, haga lo que haga, aunque haya escrito la novela de los sueños de mucha gente, no la va a vender a menos que su novela se convierta en una de ésas "de las que todo el mundo habla"? ¿En serio queremos ser escritores?

viernes, 3 de diciembre de 2010

De cómo para escribir hay que saber escribir :P


Puede parecer una perogrullada, pero os aseguro que no es así. Creo que esta discusión la he tenido decenas de veces con diversos individuos/grupos de tales a lo largo de los últimos años, sobre todo con algunos de los que quieren, como quiero yo, convertirse en escritores "profesionales". Y también os aseguro que muchos de ellos (y no es coña) me han respondido con frases tan peregrinas como "Para eso está el corrector del Word", "Pero no te fijes en la ortografía/la sintaxis/la gramática, fíjate en la historia!!", "De eso se encarga la editorial", "Eres una talibana", etc.

Vale, pues sí, soy una talibana. Pero es que yo no sé poner ladrillos y no me dedico a construir casas: antes de ponerme a hacer una pared, os aseguro que aprendería a mezclar el cemento, la arena y el agua en su adecuada proporción, a usar el nivel para que la cosa quedase recta, a cavar para hacer los cimientos adecuados y que la pared no se me cayese encima... ¿Por qué muchos se empeñan en no aprender a poner los ladrillos, las palabras, las comas, las tildes, los puntos, los signos, las letras, antes de lanzarse como locos a construir su pared, su relato, su novela? Así pasa, que luego la novela o el relato se les cae encima. Y todavía se preguntan por qué no consiguen publicarla, por qué todas las editoriales les dan una amable pero firme negativa.

Señores, seamos serios. Si pretendéis que os paguen y os reconozcan por hacer algo, debéis hacerlo bien. Y, lamentablemente, una buena idea, una buena historia, no hacen un buen libro. Pues al fin y al cabo un libro no es sólo una historia: también es un conjunto de palabras, y éstas deben estar bien empleadas. Por muy buena intención que tenga una pared, si los ladrillos están mal puestos la pared se caerá.

Divagaciones aparte, hoy se me ha ocurrido hablar de un ejemplo concreto que últimamente veo POR TODAS PARTES y que hace que me sangren los oídos. ¿El motivo? He visto en Facebook una página que hacía un llamamiento al uso del imperativo (otro ejemplo sangrante) en vez del infinitivo. Sí, hay mucha gente que dice, por ejemplo, "¡Iros a un hotel!" en vez del correcto "¡Idos a un hotel!". Seré una talibana, pero me dan ganas de lanzar maldiciones a diestro y siniestro para que el pronunciador en cuestión no vuelva a irse a un hotel en buena compañía hasta que aprenda que las des son sus amigas. El fin, el caso es que el imperativo es un caso, pero hay otro, como decía, que a mí personalmente me da unas ganas tremendas de sacarme el pancreas con una cuchara de madera. ¿Por qué? Pues porque está extendidísimo, y no solo en el lenguaje hablado/escrito coloquial, sino y sobre todo en el lenguaje literario. Y cuando alguien que dice ser escritor/traductor profesional comete semejante error a mí es que se me abren las carnes, lo siento.

Me refiero al uso del pretérito imperfecto de subjuntivo en lugar del condicional. ¿Que qué leches es eso? Bueno, yo tampoco me dedico a ir por la vida analizando sintáctica y morfológicamente cada frase que digo/oigo/leo/escribo, ni mucho menos a poner nombre y apellido a cada verbo que me encuentro, pero la mala utilización de una conjugación, y más si está tan extendida que muchos ni siquiera la distinguen, me destroza por dentro. Talibana que es una, oiga.

El pretérito imperfecto de subjuntivo (hubiera/hubiese) está ligado al condicional (habría) en una de las construcciones más utilizadas del Castellano. Para entendernos, la construcción es "Si + Pretérito imperfecto de subjuntivo + entonces + condicional", aunque el "entonces" puede ser elíptico. Es decir: "Si hubiera ido a la compra, (entonces) habría comida en la nevera", por poner un ejemplo. "Si tuviera ganas, (entonces) iría a tomar una cerveza antes de comer"; "Si comieras (entonces) no tendrías ese mal humor que te gastas últimamente".

Hasta aquí, todo claro. Aunque la construcción es así, evidentemente no es necesario usar toda la construcción, pretérito y condicional: se pueden aislar. Pero la conjugación debe ser la misma. Pretérito, y condicional. Y últimamente veo por todas partes cómo, ignorando al pobre y olvidado condicional, el 90% de la población utiliza el pretérito imperfecto de subjuntivo para sustituirle. Y el condicional me da pena, y no solo eso, sino que se me salen las vísceras al verlo, porque por mucho que lo utilice el 90% de la población SIGUE SIN SER CORRECTO. Frases como "Yo hubiera venido si me hubieras llamado" no son correctas: cada tiempo verbal tiene que ir donde tiene que ir. "Yo HABRÍA venido si me hubieras llamado".

¿Que no lo habéis visto? Haced la prueba. Buscadlo. Ya veréis como en cuanto estéis un poco pendientes os encontráis ese pretérito imperfecto de subjuntivo por todas partes. Y al condicional, que le den. Llamadme pejiguera, mandadme a por coquinas o poned los ojos en blanco al leer esto si queréis, pero sigo insistiendo en que para construir una pared hay que saber poner los ladrillos. Y ahí no va un ladrillo subjuntivo, va un ladrillo condicional. O si no, se nos caerá la pared.